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La investigación biomédica en la Alemania pre-nazi era considerada como la más avanzada del mundo, no sólo en relación con sus propios frutos, sino también en sus reglamentos éticos. Sin embargo, la llegada al poder de Adolf Hitler invirtió radicalmente esta situación. La investigación biomédica en la Alemania pre-nazi, al igual que sucedía en otros ámbitos de las disciplinas sanitarias, podría ser considerada como la más avanzada del momento, no sólo en relación con los propios frutos de sus diferentes líneas de trabajo, sino también en relación a las normas y reglamentos éticos y legales de protección de los sujetos de investigación.
De hecho, el gran interés por parte del colectivo médico en materia de ética en investigación biomédica se puso de manifiesto con la promulgación por el Gobierno del Reich Prusiano, en 1900, de una serie de normas éticas relativas a la experimentació n en humanos con nuevas herramientas terapéuticas, tras el escándalo del denominado “caso Neisser”, en el que se emplearon prostitutas para investigar una vacuna contra la sífilis, sin ser informadas y sin su consentimiento. Posteriormente, en 1931, el Ministerio del Interior del Reich dictó unas Directrices para Nuevas Terapias y Experimentació n en Humanos donde se recogía la doctrina legal del consentimiento informado, prohibiéndose la experimentació n con moribundos y con necesitados económicos o sociales. Sin embargo, la llegada al poder del partido de Adolf Hitler abortó radicalmente este desarrollo ético, invirtiendo completamente los principios básicos del respeto a los sujetos participantes en investigaciones médicas. Es más, esta herramienta de progreso se transformó en un perverso sistema de represión, en el que se vieron inmersos un gran número de profesionales sanitarios, que acabaron siendo copartícipes de numerosos abusos cometidos en relación con la investigación médica.
Además de las implicaciones del colectivo médico en los programas de esterilizació n y eutanasia, la más preocupante expresión de la conexión entre la comunidad médica y la tragedia nazi fue el empleo forzado de seres humanos como material de investigación y de laboratorio, no sólo en los nefastos campos de exterminio, sino en los propios hospitales y universidades, llegando incluso, en algunas ocasiones, a explotar los cuerpos después de la muerte. Empleo forzado de seres humanos para investigación Entre los candidatos a ser reclutados para tales atrocidades se encontraban, además de los judíos, otros colectivos étnicos o sociales desahuciados, como gitanos, eslavos, homosexuales y, por supuesto, los discapacitados físicos y psíquicos. En relación con estos últimos, algunos de los responsables de estos actos, según recoge Seidelman, los justificaban de la siguiente forma: “Si los enfermos tienen que morir en cualquier caso, a causa de la valoración pericial de uno de mis colegas, ¿por qué no utilizarlos en vida o tras su ejecución para investigar?”. Aunque menos conocidas que otros proyectos de investigación realizados en otros ámbitos de la medicina, relataremos, a modo de ejemplo, dos investigaciones neuropsiquiátricas que han podido ser relativamente bien documentadas. Una de ellas es un amplio proyecto de investigación sobre diversas formas de retraso mental y epilepsia realizado bajo la dirección de Carl Schneider (catedrático de Psiquiatría en Heidelberg), cuyo desarrollo pasaba por la evaluación y el estudio exhaustivo, a largo plazo, de los pacientes en vida, tanto desde la perspectiva neuropsicológica como fisiológica y terapéutica, y la coronación de la investigación, posteriormente, mediante el estudio anatomopatoló gico de sus cerebros, después de someterlos al Programa de Eutanasia. La correspondencia de Schneider ha permitido mostrar su gran interés por obtener el visto bueno de los evaluadores de la Operación T4, y hay constancia de que, al menos, se analizaron 194 cerebros en su departamento. En el proyecto, el profesor Julius Hallervorden, subdirector del Kaiser-Wilhelm Institut para Investigación Cerebral de Berlín-Buch, se habría personado en uno de los centros de eutanasia adscritos a su jurisdicción (el del asilo de Brandenburg) para coordinar la extracción de los cerebros de pacientes recién ejecutados, y dado que conocía los diagnósticos de los enfermos antes de su ejecución, podía elegir los cerebros que fueran de interés para sus investigaciones. “Material maravilloso”: 500 cerebros de asesinados En un informe del Combined Intelligence Operative Subcommittee (CIOS), documento catalogado como L-170 aportado en el Juicio de Nüremberg contra los médicos nazis, se especifica que el “Dr. Hallervorden obtuvo 500 cerebros de los centros de exterminio de pacientes mentales. Estos pacientes fueron asesinados en varias instituciones mediante la inhalación de monóxido de carbono”. En sus declaraciones, Hallervorden comentó que “los cerebros constituían un material maravilloso; preciosos defectos mentales, malformaciones y enfermedades infantiles tempranas”. Sin embargo, siguiendo una forma de proceder habitual entre gran parte de la clase médica alemana, apuntaba en relación con el material utilizado: “... de donde ellos procedían [los cerebros] y como llegaban a mí no era realmente un asunto de mi incumbencia”. Afortunadamente, muchos de estos proyectos hubieron de suspenderse, ya que tras la derrota alemana de Stalingrado la mayor parte de los médicos que participaban en los mismos fueron llamados a filas. Sin embargo, quedó patente que muchos médicos alemanes habían abandonado sus deberes para con sus pacientes y habían renunciado al juramento ético inherente a su profesión. A pesar de esto, y aunque algunos responsables de estos proyectos no pudieron asimilar su culpa, como Schneider, que acabó suicidándose tras finalizar la guerra, otros continuaron con su actividad clínica, como Hallervorden, quien continuó con su puesto de subdirector del Instituto de investigación berlinés. Es más, tras finalizar la guerra, publicó numerosos trabajos científicos basados en los materiales obtenidos durante los oscuros años de la Acción T4, como los referentes al efecto del monóxido de carbono en el desarrollo cerebral de los fetos. Con respecto al uso de prisioneros sanos, los reprobables experimentos humanos realizados por los médicos nazis fueron más habituales, y mejor documentados y conocidos actualmente, en ciertos ámbitos de la medicina, como la genética, la ginecología, la cirugía o la traumatología. Baste recordar los experimentos por los que fueron juzgados algunos médicos en Nüremberg, como ensayos de congelación, inoculación de bacilos de la tuberculosis, amputación de miembros, esterilizaciones quirúrgicas sin anestesia, etc. El papel de la industria químico-farmacé utica Sin embargo, los prisioneros de los campos de concentración constituyeron, asimismo, la principal fuente de reclutamiento para los estudios farmacológicos y en ellos jugaron un destacado papel otros sectores del sistema sanitario del régimen nazi, fundamentalmente la industria químico-farmacé utica, que ha sido vinculada también a los programas de investigación médica y de exterminio sistemático en dichos “campos dela muerte”, donde pudo ensayar prácticamente sin trabas sus agentes farmacológicos. Al inicio de la II Guerra Mundial, en 1939, I.G. Farben (Interessen- Gemeinschaft Farbenindustrie AG), un conglomerado de compañías fundado en 1925 y que prácticamente monopolizaba la industria farmacéutica alemana, era ya el mayor imperio químico-industrial del mundo. El vínculo entre esta corporación y la jerarquía nazi era tan estrecho que tras las continuas invasiones de los países vecinos por parte de la Wehrmacht, I.G. Farben se fue “anexionando” las principales compañías químicas de los territorios ocupados, actuando, en palabras de Borkin como “un chacal tras el león hitleriano”. Durante el conflicto bélico, I.G. Farben se vio involucrada en numerosos episodios relacionados con actividades criminales del ejecutivo nazi, incluyendo el empleo de mano de obra esclava en las instalaciones construidas en las inmediaciones de los campos de concentración, como la de Monowitz, en la inmediaciones de Auschwitz. Además, en este campo ensayó distintas sustancias farmacológicas, como derivados sulfamídicos, arsenicales y otras preparaciones cuya composición no se conoce exactamente (B-1012, B-1034, 3382 o Rutenol, 3582 o Akridin), generalmente para el tratamiento de enfermedades infecciosas como el tifus, erisipela, escarlatina, diarreas paratifoideas, etc., que previamente inducían en los sujetos de estudio y que solían finalizar con unas elevadísimas tasas de mortalidad. Amoralidad y degradación ética Entre los responsables de estos proyectos farmacológicos se encontraban ex-científicos de I.G. Farben, como el comandante médico de las Schutzstaffel (SS) Helmuth Vetter, o médicos de los campos de exterminio, como el célebre e infame Joseph Mengele, aunque el ideólogo y máximo responsable de la mayor parte de los experimentos médicos realizados en los diferentes campos de concentración fue Joachim Mrugowsky, coronel-director del Instituto Central de Higiene de las Waffen SS y profesor asociado de la Universidad de Berlín: experimentos con vacunas del tifus, con edemas gaseosos y con inyecciones letales fenólicas en Buchenwald; con diferentes venenos en Sachsenhausen; con sulfanilamidas en Ravensbrück; y con el uso generalizado del gas Zyklon-B en Auschwitz. Por otro lado, en el campo de Buchenwald se estudiaron los efectos de la administració n conjunta de metanfetamina y fenobarbital, las propiedades anestésicas de la administració n de hexobarbital sódico e hidrato de cloral en intervenciones quirúrgicas a sujetos sanos, y se recurrió a las inyecciones letales de apomorfina. Una prueba del nivel de amoralidad y degradación ética del entorno sanitario del régimen nazi se puede obtener de una carta encontrada en los archivos del campo de Auschwitz, que reflejaba la correspondencia entre su comandante y determinados departamentos de la compañía I.G. Farben. Estos últimos solicitaban la compra de prisioneras para un proyecto de investigación con un fármaco hipnótico: “Nosotros necesitamos unas 150 mujeres en el mejor estado de salud posible... Confirmamos su respuesta positiva, pero consideramos que el precio de 200 marcos por mujer es demasiado alto. Nosotros proponemos pagar no más de 170 marcos por mujer... Los experimentos fueron realizados. Todas las personas murieron. Necesitamos lo más pronto posible un nuevo envío...” (CGBG). Muchas de estas actividades fueron conocidas gracias a la celebración, entre 1945 y 1949, en la ciudad alemana de Nüremberg, de los famosos juicios contra los dirigentes del régimen nacionalsocialista alemán y otros criminales de guerra nazis por parte de un Tribunal Militar Internacional. Precisamente, en el denominado Juicio a los Médicos (United States of America vs. Karl Brandt, et al.) se condenó a muerte a algunos de los participantes en las atrocidades experimentales comentadas previamente, como Mrugowsky y Waldemar Hoven. Evadir la acción de la justicia Sin embargo, otros lograron evadir la acción de la justicia, como el propio Mengele, quien escapó a América del Sur, llegando a fallecer de muerte natural. El mismo año que finalizó este Juicio se inició otro (en agosto de 1947) en la misma sede de Nüremberg (United States of America vs. Carl Krauch, et al.), popularmente conocido como IG Farben Trial, en el que se procesó a 24 directivos y científicos de dicha corporación químico-farmacé utica también por “crímenes contra la Humanidad” (experimentos con prisioneros, uso de trabajadores esclavos, maltrato, tortura y asesinato de prisioneros, etc.), entre otros delitos (planificació n y preparación para la guerra e invasión de otros países). Las condenas, en este caso, fueron bastante más benévolas (13 fueron declarados inocentes y el resto condenados a penas comprendidas entre 6 meses y 8 años de prisión) en parte debido a la escasez de pruebas incriminatorias documentales, pues desde septiembre de 1944 y ante el avance de las tropas aliadas se puso en marcha un operativo de destrucción de todos los archivos comprometedores de la corporación. En respuesta a las atrocidades cometidas por los médicos y científicos nazis en materia de investigación humana, reveladas durante el transcurso de los juicios de Nüremberg, surgió el primer código internacional de ética para la investigación con seres humanos, el Código de Nüremberg, bajo el precepto hipocrático primum non nocere. Este Código, orientado a impedir cualquier repetición de la tragedia, puesta de manifiesto por ataques directos a los derechos y al bienestar de las personas, fue publicado el 19 de agosto de 1947, estableciendo las normas para llevar a cabo experimentos con seres humanos e incidiendo especialmente en la obtención del consentimiento voluntario del sujeto motivo de investigación. En cualquier caso, las aportaciones reales para el avance de la ciencia médica de todos los programas de investigación basados en el crimen de Estado durante el período nacionalsocialista fueron prácticamente nulas, o como diría Leo T. Alexander, uno de los asesores médicos norteamericanos de la acusación contra los responsables de estas prácticas e inspirador del Código de Nüremberg: “el resultado fue un significativo avance para la ciencia del asesinato o ktenología”. Bibliografía –Alexander L. Medical science under dictatorship. New Engl J Med. 1949;241:39- 47. –Borkin J. The Crime and Punishment of I.G. Farben. New York: Free Press; 1978. –CGBG, Coordination gegen Bayer-Gefahren (red.). IG-Farben; Von Anilin bis Zwangsarbeit. Stuttgart: Schmetterling Verlag; 1995. –Friedlander H. The origins of Nazi genocide: from euthanasia to the Final Solution. Chapel Hill: University of North Carolina Press; 1995. –Lifton R. The Nazi doctors: medical killing and the psychology of genocide. New York: Basic Books; 1986. –López-Muñoz F, Álamo C, Dudley M, et al. Psychiatry and political-instituti onal abuse from the historical perspective: The ethical lessons of the Nuremberg Trial on their 60th anniversary. Prog Neuro-Psychopharmac ol Biol Psychiatr. 2007;31:791- 806. –Peiffer J. Assessing neuropathological research carried out on victims of the ‘Euthanasia? Programme. Med Hist J. 1999;34:339- 56. –Seidelman WE. Nuremberg lamentation: for the forgotten victims of medical science. Br Med J. 1996;313:1463- 7. –Weigmann K. In the name of science. The role of biologists in Nazi atrocities: lessons for today’s scientists. EMBO Reports 2001;2:871-5. -Josef Mengele, oficial médico del campo de concentración de Auschwitz (en el centro), junto al comandante del campo Richard Baer (a su derecha). Mengele, el “Ángel de la Muerte”, involucrado en los más infames proyectos de investigación, ha sido considerado como el ejemplo más representativo de la barbarie de la medicina nazi. Escapó de la acción de la justicia. United States Holocaust Memorial Museum. -Estuche de viales del preparado experimental B-1034, suministrado por una de las filiales de I.G. Farben para su experimentació n con los prisioneros del campo de concentración de Auschwitz. -Grupo de supervivientes de los experimentos médicos realizados en el campo de Auschwitz. A Teacher’s Guides to the Holocaust, Florida Center for Instructional Technology, College of Education, University of South Florida, Tampa. http://www.jano. es/jano/humanida des/medicas/ francisco/ lopez-munoz/ cecilio/alamo/ caduceo/esvastic a/y/iii/investig acion/medica/ nazismo/_ f-303+iditem- 2926+idtabla- 4
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