El fotógrafo Samuel Bollendorff revela, en un reportaje fotográfico audaz, la cara ambigua del milagro económico chino: la violencia contra los seres humanos, la devastación de la naturaleza, y un país milenario controlado por la mafia que se sirve del peor capitalismo para mantener a un régimen comunista. Entrevista exclusiva | Por Michal Neeman - La Gran Época | 10.06.2008 16:30 | Ella trabajó en fábricas durante quince años. Después de cierta edad, sin calificación, es imposible conseguir trabajo, así que prefiere quedarse en esta fábrica por 1 euro al día. (Samuel Bollendorff) El crecimiento económico en China marginó a tres cuartos de la población rural, por debajo de la línea de pobreza. No tienen dinero y no pueden enviar a sus niños a la escuela. La única solución es migrar hacia las ciudades y convertirse en trabajadores migrantes sin permisos de trabajo, conocidos como "mingong". Minas de carbón, grandes proyectos de contrucción, y fábricas que sirven a los consumidores del mundo son vistos como un El Dorado tardío por la gente que deja la tierra de sus ancestros en las regiones rurales ahora devastadas por la contaminación industrial.
Los mingong son explotados, pasados de un lado a otro y no acceden a ningún servicio social. Como trabajo barato, están bajo las manos de fuerzas corruptas. Y cada día arriesgan sus vidas mientras sirven al "milagro económico" de China. Gujiao, ciudad minera. El salario de los trabajadores migrantes no les permite construir una casa de verdad a un costado del 'agujero'. En el aire ennegrecido por el carbón de las villas miseria, sin agua corriente ni asistencia social, las enfermedades respiratorias se esparcen alrededor, y las casillas caen una tras otra, debilitadas por las galerías que carcomen la montaña. Dormitorios en la fábrica Ming Sheng: 12 camas, 20 m2. Una ducha y dos inodoros para cincuenta personas. Los trabajadores deben pagar el agua y la luz, además del precio de la cama. Los obligan a dormir ahí, pagando un tercio de su salario, porque a las fábricas no les gusta la dispersión de sus empleados. Ocho guardias mataron a golpes a un trabajador después de que pidiera sus sueldos atrasados. "Los capataces son peores que los perros. Te castigan por cualquier razón y se quedan con tu sueldo. Tienen a sus chicas favoritas y las obligan a dormir con ellos. Le prometí a mis padres que ahorraría dinero, pero es imposible. No puedo volver a casa hasta que junte algún dinero". Li Dan, 19, trabajadora de Yonghaochang-Ovation Ltd., fabricante para Wal-Mart, Disney, Mattel. Hace quince años, Samuel Bollendorff visitó China. Doce años después, volvió y se encontró con que la ciudad de Beijing había sido barrida y reconstruida para las Olimpiadas; y en Shanghai, tres mil grandes edificios habían emergido. De este viaje nació el proyecto llamado "Economía rompiente", en referencia al supuesto 'milagro económico chino', el cual está dañando severamente a China y luego al mundo entero. En los últimos tres años, Bollendorff ha realizado una serie de viajes en los que se entrevistó con varios de los obreros y campesinos que edifican, cada día, el supuesto milagro económico chino. Mediante textos simples y referentes que acompañan las fotografías de su exposición, Samuel Bollendorff revela la cara relegada del desarrollo económico ocurriendo en China: la violencia contra los seres humanos, la devastación de la naturaleza, y un hermoso país milenario controlado por una enorme mafia que se sirve del peor capitalismo para mantener una dictadura comunista. Entre las revelaciones –según el propio Samuel– "ya conocidas" de esta exposición conmovedora, aparecen los obreros sobreexplotados que trabajan en las fábricas de juguetes en condiciones infrahumanas; los desastres ecológicos de las represas; cómo miles de personas se vieron expropiadas de sus tierras y se encuentran sin hogar y sin trabajo; mineros enterrados en las minas de carbón; la inexistencia total de libertad de expresión y de información; la severa represión política bajo la cual los que protestan terminan en campos de trabajo forzado, cuando no son condenados a muerte; y hasta se ven imágenes de los ejecutados. "Todo esto ya lo conocíamos, quizás de oído o de alguna lectura vaga, pero quedaba perdido en la memoria como un detalle abstracto de la lejana China, frente a cifras económicas ilusorias que se ponen el disfraz de 'realidad'", dice el fotógrafo. Xiu Yu Jun, minero en Gujiao, ciudad minera en la provincia de Shanxi."En otra época, los mineros éramos héroes. Pero ahora no somos nada". (Samuel Bollendorff) Y, al discutirlo, siempre aparecen las reacciones: "pero... sin embargo, China ha hecho un gran progreso", o, "es mucho mejor de lo que se veía antes", o, "cómo quiere usted administrar un país tan grande sin un régimen severo". Vanas tentativas de justificar lo injustificable. Distinta es la percepción cuando se observa la muestra fotográfica de Samuel Bollendorff. Samuel da forma a lo 'abstracto' y a la información. Materializa en caras, cuerpos, manos y piernas, a todo un pueblo oprimido por un régimen anacrónico. Devuelve la voz a toda la gente amordazada. Una vez que nos acercamos a estos nombres, estas caras, estos cuerpos, estos paisajes y estos horrores, la historia nos pone en frente de nuestras responsabilidades. Samuel nos sumerge en los ojos de las trabajadoras sobreexplotadas, haciendo resonar sus historias en nuestras conciencias. Muestra la imagen del río contaminado. Hace que las narices de los espectadores se fijen, como imantadas, sobre las manos de una madre que tiene el retrato de su hijo asesinado por el Estado. Diversas leyendas acompañan las imágenes en un estilo sucinto: "Su madre murió hace cuatro días... Su padre se vio obligado a vender las tierras, la heladera, la tele y la moto para poder pagar las facturas del hospital... Debía recibir indemnizaciones, pero el gobierno local desvió el dinero. Ya no tiene nada. Prefiere no comparecer por miedo a represalias." Este testimonio representa solo un caso del "pueblo del cáncer". En el pueblo Xiditou, a algunos kilómetros del césped de los Juegos Olímpicos, la población perece a causa de la contaminación. Los campesinos no pueden comprar agua mineral, y siguen bebiendo del agua mortal. "A tu hijo, por ser tan malo, le vendimos sus órganos". Fue por medio de estas palabras que Chen Yang Zhong se enteró de la muerte de su hijo, cuando la policía local le hizo entrega de una factura por cinco euros, el precio de la bala con la que le dieron muerte. Chen Tao fue ejecutado el 1 de diciembre de 2006; condenado a muerte por su participación en una protesta. Ni la familia ni su abogado tuvieron conocimiento de esta condena. Las artimañas de Huo Junwei, vicegobernador de Xiditou y responsable del desarrollo de las empresas: palizas, expropiación de las tierras, corrupción en todo género… Sus milicias garantizan el silencio de las familias de Xiditou. "Antes había muy buenos cangrejos de río y se tenía la costumbre de bañarse. Pero ahora, esto se acabó, el río está contaminado. Antes, el cielo era azul y las aguas eran puras. Pero ahora, por donde quiera que vayas, las aguas se han vuelto negras". "Los índices de arsénico y de plomo en el agua sobrepasan entre diez y quince veces el límite de aptitud para el consumo del ser humano". ¿Cómo pudo entrevistarse con la gente y recoger su testimonio a pesar de la vigilancia del régimen comunista? Hao Laowu, ha sido minero durante 20 años. "Ellos dicen que somos los 'héroes de la industria china', pero lo que quieren es nuestro sudor y sangre". (Samuel Bollendorff) Antes de partir leí mucho e hice muchas investigaciones. Trabajé también con un corresponsal de RFI en Beijiing que vive allá desde hace ocho años, es francés y habla chino; esto fue muy importante ya que nos permitió no recurrir a un traductor chino. No queríamos correr el riesgo de poner en peligro a un chino, y además, a la hora de entrevistarnos con los mineros, los expropiados por las represas y otros, el hecho de ser extranjeros nos facilitaba la tarea, porque no sentían miedo de hablarnos y se expresaban como si estuvieran fuera del país. Pienso que era clave la confianza que nos concedían. Obtuvimos visas de turistas incluso en lugares un poco clandestinos, pero pudimos encontrar a esta gente que nos contó sus historias. En cuanto nos identificábamos como periodistas, el discurso oficial hacía su parte. Éramos bienvenidos, pero era necesario escuchar el discurso oficial. Por ejemplo, en las minas de carbón, quince días después, fue un periodista chino a hacer un reportaje y se comió una paliza tal que estuvo apunto de caer en coma. La violencia se desencadena más fácilmente sobre un chino. Cuando se es extranjero, aceptan un poco más que uno esté allí. Jugábamos un poco con esto y a veces justificábamos nuestra presencia como inversores extranjeros. Otras veces, decíamos que éramos estudiantes de sociología y que hacíamos un estudio sobre la media de la felicidad del trabajador. ¿Consiguió establecer contactos más próximos? Justo en esos momentos había que trabajar muy rápido para poder entrar en la fábrica, tomar fotografías y salir enseguida, pero después disponíamos de más tiempo para estar con los obreros. Por ejemplo, íbamos a la salida de las fábricas de juguetes y allí charlábamos con ellos. Después nos volvíamos a ver, íbamos a un restaurante y seguíamos conversando, cuando estaban fuera de las fábricas o de las minas, teníamos más tiempo y nos contaban sus historias. También hablamos durante un rato largo con una trabajadora. Ella nos dio la dirección de su familia que vivía a varios miles de kilómetros de allí. Pudimos acercarnos a su casa y reunirnos con su familia para ver sus orígenes rurales. Era muy importante tomar un tiempo para todo esto. ¿Qué lo conmovió más? En general, lo que más me enfurecía era ver el modo en que estos obreros son realmente lo descartable del 'milagro económico chino'. Tan pronto como alguien se enferma o se lastima, es devuelto y se pone a otro. Otro caso es que se puede expropiar a 100.000 personas de golpe para hacer una represa, sin ninguna compensación, y se los deja acorralados en otro lugar para conformar una ciudad de desocupados. La vida humana funciona así, no tiene ningún valor, es espantoso. Estuve en un pueblo donde las fábricas contaminaban las aguas de los embalses hasta 400 metros de profundidad, y aunque la gente moría, se veía obligada a seguir bebiendo aquella agua porque no tenía suficiente dinero para comprar agua mineral. Cuando algunos intentaron hacer una denuncia, el gobernador local ejerció una presión enorme sobre ellos; entre otras cosas, les bloqueó la posibilidad de conseguir los formularios para solicitar ayuda estatal. Son amordazados. Son amordazados a una tragedia crónica sin futuro, a un destino social funesto; esto es lo que más me conmovió. ¿Hubo imágenes más difíciles de realizar, como, por ejemplo, la del condenado a muerte? "A tu hijo, por ser tan malo, le vendimos sus órganos". Fue por medio de estas palabras que Chen Yang Zhong se enteró de la muerte de su hijo, cuando la policía local le hizo entrega de una factura por cinco euros, el precio de la bala con la que le dieron muerte. (Samuel Bollendorff) Conseguir la foto del condenado a muerte fue bastante complicado porque la familia fue expropiada y enviada muy lejos de allí, y la gente, por miedo, no nos daba sus datos. Durante una semana surcamos las montañas de Sichuan, buscando en los pueblos e indagando entre antiguos vecinos, hermanos, etc., y finalmente pudimos dar con la familia. Era esencial tener una foto de este chico, que nos permitiera a nosotros tener un registro de él, y que su madre también pudiera guardar. A veces, la gente tenía miedo de hablar, pero en la medida en que nos ganábamos su confianza, comenzaba a abrirse y a contar sus historias. Se sentían muy felices de que estuviéramos escuchando sus quejas, porque, de hecho, nunca pueden quejarse. ¿Cómo escogió las temáticas de la exposición? Comencé primero con los juguetes y después pasé a las minas. Cuando estaba en las minas escuché la historia de este chico que había sido condenado a muerte, y cuando regresé a París, dije, 'absolutamente, hay que hacerlo', porque me parecía que detrás del trabajo de las minas y de los juguetes se escondían grandes historias sociales. Por lo tanto, fui de nuevo para cubrir esta historia de las represas y tratar de encontrar a aquella familia. Y luego, fui enviado a hacer un trabajo de publicidad a Xinjiang. Me parecía importante emprender ese viaje, porque era también un modo de pasar de la idea al reportaje, sobre todo por la complejidad que suponía trabajar allí en China. Finalmente tuve la información de este pueblo al costado del césped de los Juegos Olímpicos. Quería tener un pequeño ayudante local pues hice este último trabajo sobre el contexto de las minas y la corrupción. ¿Puede contarnos cómo le surgió la idea del concepto texto-imagen para esta exposición? Desde el principio he tenido esta idea de hacer un montaje con los textos y las imágenes. Se montó una primera exposición de imágenes en el festival de Visa. No era muy grande, pero ahí fue donde vi otras fotos expuestas con texto enmarcado. Tomamos la idea de este dispositivo para una futura exposición, ahí comprendí la importancia del texto unido a la imagen. Hay una interacción que se produce: la imagen está al servicio del texto, y viceversa. Los textos tienen que ser claros y concisos, dar información fáctica y ser funcionales a posibilitar que el grueso del público pueda apreciar y percibir el sentido de la exposición. Encontré unas citas con contenido metafórico, que caracterizan un poco el modo de expresarse de los chinos. Son pequeñas cosas que dan un toque que envuelve el clima y el ambiente en general. Todo eso constituye el discurso de la exposición. ¿Desea lograr un cambio en lo que usted llama "destino amordazado", a través de su exposición? Lo que busco cuando hago exposiciones así es tratar de conmover a la gente. No hay secretos. Estas son cosas que se conocen. Sabemos que los juguetes son fabricados en China por trabajadoras en condiciones sociales espantosas. Sabemos bien sobre estas represas que están por todas partes. Cada tres semanas se oye que hay muertos en las minas de carbón. Pero lo que realmente es importante –y ese es mi oficio– es tratar de encontrar un dispositivo con fotos y textos para hacer una exposición gratuita, grande, pública, etc., y tratar de trasmitir aquellas informaciones de modo diferente, para que la gente, cuando lo vea, se conmueva profundamente. La información ya la teníamos, pero allí se trató con la gente en vivo, escuchamos directamente sus historias; hemos recopilado sus citas, y ahora la idea es procurar crear una relación afectiva frente a estos dramas. Si el resultado de todo esto es que nos hemos conmovido, entonces ya no podemos ser pasivos. Cuando se logra hacer sentir algo, es porque una semilla ha sido plantada, y esto es lo que cambia a la gente en el interior. Después, depende de cada uno decidir hacer algo o no. ¿Una conclusión? Es necesario que este trabajo esté disponible para toda la gente y que sea visto por un público numeroso. Pienso que esto puede hacer pensar en un mundo un poco menos violento. Desgraciadamente, hay más reportajes sobre el 'milagro económico chino' que sobre el revés del milagro.
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