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Olin Aztlan
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Miércoles, 13 de Agosto de 2008 23:37 |
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UNIDAD Desde hacía años había optado por la vía del eremitismo y permanecía aislado en una cueva en las montañas, dedicado a la indagación espiritual. Estaba cierto día en meditación, cuando un ratoncito empezó a deslizarse por la cueva y, confiado, se acercó al eremita y se puso a enredar entre sus piernas. El asceta, harto y enfurecido, gritó: -¡Déjame en paz de una vez, molesto roedor! Me estás impidiendo entrar en meditación profunda y fundirme con el Ser. -Pero, señor... -balbució tembloroso el roedor-, es que estoy buscando algún resto de comida, porque me muero de hambre. -¡Serás necio! -exclamó el eremita-. Después de muchos años estaba a punto de conseguir la unión con el Divino y tú me has incordiado y me lo has impedido. El ratoncito sonrió irónicamente y dijo: -Si no eres capaz ni de sentirte unido a mí, un miserable ratoncillo, ¿cómo vas a poder unirte con el Divino?
Comentario La búsqueda del auto conocimiento y la serenidad nunca debe ser una vía de escape ni un subterfugio para evadir las propias responsabilidades. Eso no es visión justa ni conduce a la verdadera realización. No podemos mirar tan lejos que no veamos lo que está a nuestro lado ni extraviarnos en acrobacias espirituales sin atender a lo más urgente e inmediato. La ecuanimidad no es indiferencia. La búsqueda de lo Sublime debe saber elevar a rango de sublime incluso un canto rodado y, por supuesto, cualquier criatura viviente, porque cualquier forma de vida es sagrada.
Había una mujer notable que fue una común y eficiente ama de casa, pero que en la vejez ardía en deseos de convertirse en río para poder saciar la sed de todos los seres. Se llamaba Devahuti y a tal grado llegaba su amor hacia los otros. En el anhelo de fundirse con el Ser, el místico no da la espalda a las otras criaturas, sino que por el contrario su evolución de la conciencia es la mejor contribución para todas las criaturas y a todas ellas desea encontradas en el templo de su propio corazón. El afán de trascendencia nunca debe empañar la contemplación de las necesidades de los otros seres sintientes, porque el desapego no es despego, y en la disciplina para el auto conocimiento toda forma de vida se considera un resplandor maravilloso e irrepetible del Alma Cósmica. Ramiro Calle
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